
-Ana, claro- atinó a responder, a pesar de la sorpresa que había causado la repentina propuesta.
Él tomó el brazo que se le ofrecía y ambos se dirigieron al centro del salón. Con cierta incomodidad, al principio, sin mirarse de manera directa, pero percibiéndose fuertemente, comenzaron a girar al son de las alegres de notas de "In the Mood" de Glenn Miller. la música logró que poco a poco se fueran distendiendo, disfrutaran e incluso lamentaran secretamente que el tema terminara tan rápidamente.
En ese momento, él aprovechó para presentarse:
-Mi nombre es Octavio, Ana.
En ese preciso instante las notas de "Serenata a la luz de la luna" inundaron el aire. Invitación y respuesta resultaron por demás innecesarias. El brazo de Octavio rodeó su cintura, sus dedos se entrelazaron, las miradas se encontraron y el mundo se desvaneció a su alrededor. Solo quedaron Octavio y Ana y la música envolviéndolos y acercándolos cada vez más y más.
Él sentía como si tuviera en sus brazos un frágil tesoro. Ella, que sus francos ojos castaños jamás podrían mentirle ni dañarla. Tan sobrecogida estaba por la emoción que apenas notó que la música se había detenido. Confundida abrió sus ojos y miró a su alrededor. Atravesó el amplio living y un tanto bruscamente dio vuelta el disco, ya rayado por el uso y colocó la púa en el borde. Cerró sus ojos soñadores y regresó a la pista de baile, a los brazos del dulce galán de sus fantasías de niña


